Levanto la mirada y se me antoja mi ciudad una maqueta.
Mi
barrio, de casas de muñecas, irreal, ambiguo, como si todas las fachadas fueran
un decorado de dibujos animados, y pienso que solo soy un juguete de trapo en
una noche falsa, con la luz inexistente de los faroles de corcho. Y que dentro
de poco los árboles serán de PVC o algo parecido para que nunca se les caigan
las hojas, y para que nunca sea invierno.
Es el suelo una esponja sólida por la que me gustaría
caminar descalza y trepar allí donde se confunde con las paredes.
Sí, a menudo, en verano, y de noche, mi ciudad parece el
juguete de un niño despistado, que ha dejado descuidados sus elementos,
desordenados, sutiles, inmóviles dentro de una burbuja a la que no llega el
aire real.
He tenido esa sensación a veces, y entonces mi piel se aisla
también de todo y el aire no me toca. Y me siento flotar en la irrealidad
mágica de lo falso.