Recorro con mis dedos la arcillosa superficie de las rocas.
Su tacto mojado me deja una película rojiza en las manos.
Algunas formas calcáreas brillan a la luz de mi linterna
desde las milenarias paredes desnudas.
En esta zona ni siquiera se escucha el goteo de las
filtraciones de agua. A pesar de ello, hay trechos en los que las paredes y el
suelo supuran, como en una herida abierta, agua color de sangre.
Me miro las manos fundidas de arcilla. Acaricio las rocas
que la erosión ha convertido en lienzos irregulares y suaves.
Apago la luz de mi casco y me quedo inmóvil. Quien no haya
hecho esto en lo más profundo de una cueva no conoce el silencio. Ni la
oscuridad. En un primer momento, parece que te hayas quedado sordo y ciego, en
el limbo de un absoluto vacío. Solo después aspiro y mis músculos y mi
respiración me recuerdan que estoy viva.
Y que hay algo vivo alrededor.
Sé que están ahí, las formaciones rocosas que se retuercen
en esculturas imposibles, las grietas y las cavidades que retienen, ahora, un
insignificante contenido humano.
Aquí, en las entrañas de la tierra, es en uno de los lugares
donde yo encuentro la paz.