¿Qué
culpa tenía ella de que el cuerpo de él estuviera lleno de espirales?
Lo
descubrió pocas semanas después de haberle visto desnudo por primera vez. No
entendía cómo no se había dado cuenta hasta entonces, porque las espirales
estaban claramente ahí, y ahí debían de haber estado también antes: una partía
de su pezón izquierdo, otra del derecho, y una tercera del ombligo; se
desenroscaban hacia fuera como esas golosinas de regaliz rojo que venden en los
chinos, y sus extremos abiertos se unían unos con otros, justo en el centro del
pecho.
Sobre
su piel morena, las espirales, de un color azul eléctrico, destacaban
muchísimo. Y ella no tenía la culpa de que estuvieran ahí, de que fuera
inevitable seguir su recorrido con los dedos cuando se sentaba sobre él, que
estaba tumbado en la cama o en el sofá, según el caso, y con esa manía suya de
no llevar camiseta cuando andaba por la casa.
A
él le gustaba, ella lo sabía. Y ella sentía, en las yemas de los dedos, el
rugoso contorno de la marca de las espirales, que a veces estaban fijas y a
veces en movimiento. Así se quedaba, hipnotizada, mientras él se reía de su
mirada fija, de sus manos que danzaban por su cuerpo dibujando una espiral tras
otra.
Un
día, sin embargo, las espirales desaparecieron.
Fue
una mañana cualquiera, una más de las que se despertó a su lado. Las buscó en su
cuerpo, pero ya no estaban allí.
Ella
intentó inventarlas de nuevo. Se sentó encima de él, como tantas otras veces,
cerró los ojos y las recreó, tal y como las recordaba, en su pecho, en su
ombligo. Haciendo de su dedo un lápiz que dibujaba trazos sobre su piel, los
trazos que antes habían existido. Pensando en el azul, en el movimiento concéntrico
que tenían antes, cuando encendían su cuerpo.
Lo
intentó un día, y otro. Y otro. Pero él ya no reía cuando ella dibujaba
aquellas espirales que ya no estaban. Él notó que los dibujos que ella hacía no
eran iguales que antes, y su mirada dejó de fijarse en ella, en reírse cuando
intentaba reinventarlas. Más bien al contrario, le atrapaba la mano con la suya
y le pedía que no siguiera. Hasta que un día, molesto por su insistencia,
empezó a usar camiseta para andar por la casa, para tumbarse en el sofá, en la
cama.
Él
nunca entendió por qué ella le dejó.
Ella
nunca encontró otro hombre que tuviera espirales en el cuerpo.