lunes, 25 de enero de 2016

Espirales

¿Qué culpa tenía ella de que el cuerpo de él estuviera lleno de espirales?

Lo descubrió pocas semanas después de haberle visto desnudo por primera vez. No entendía cómo no se había dado cuenta hasta entonces, porque las espirales estaban claramente ahí, y ahí debían de haber estado también antes: una partía de su pezón izquierdo, otra del derecho, y una tercera del ombligo; se desenroscaban hacia fuera como esas golosinas de regaliz rojo que venden en los chinos, y sus extremos abiertos se unían unos con otros, justo en el centro del pecho.

Sobre su piel morena, las espirales, de un color azul eléctrico, destacaban muchísimo. Y ella no tenía la culpa de que estuvieran ahí, de que fuera inevitable seguir su recorrido con los dedos cuando se sentaba sobre él, que estaba tumbado en la cama o en el sofá, según el caso, y con esa manía suya de no llevar camiseta cuando andaba por la casa.

A él le gustaba, ella lo sabía. Y ella sentía, en las yemas de los dedos, el rugoso contorno de la marca de las espirales, que a veces estaban fijas y a veces en movimiento. Así se quedaba, hipnotizada, mientras él se reía de su mirada fija, de sus manos que danzaban por su cuerpo dibujando una espiral tras otra.

Un día, sin embargo, las espirales desaparecieron.

Fue una mañana cualquiera, una más de las que se despertó a su lado. Las buscó en su cuerpo, pero ya no estaban allí.

Ella intentó inventarlas de nuevo. Se sentó encima de él, como tantas otras veces, cerró los ojos y las recreó, tal y como las recordaba, en su pecho, en su ombligo. Haciendo de su dedo un lápiz que dibujaba trazos sobre su piel, los trazos que antes habían existido. Pensando en el azul, en el movimiento concéntrico que tenían antes, cuando encendían su cuerpo.

Lo intentó un día, y otro. Y otro. Pero él ya no reía cuando ella dibujaba aquellas espirales que ya no estaban. Él notó que los dibujos que ella hacía no eran iguales que antes, y su mirada dejó de fijarse en ella, en reírse cuando intentaba reinventarlas. Más bien al contrario, le atrapaba la mano con la suya y le pedía que no siguiera. Hasta que un día, molesto por su insistencia, empezó a usar camiseta para andar por la casa, para tumbarse en el sofá, en la cama.

Él nunca entendió por qué ella le dejó.

Ella nunca encontró otro hombre que tuviera espirales en el cuerpo.