domingo, 6 de septiembre de 2015

Témpano

En mi próxima vida quiero ser témpano. Un trozo de hielo apenas sujeto a una viga del porche de alguna casa de montaña. Sin pensar, sin moverme, contemplando el mundo sin sentir nada. Desde mi posición privilegiada, veré caer la nieve y helarse los campos, las briznas de hierba se volverán duras y blancas; el propio frío me hará más grande y más fuerte, me alimentará hasta hacer de mí el fragmento más duro de hielo que nunca se haya visto. Solo cuando salga el sol, ese enemigo que siempre temo, solo en ese momento, justo antes de gotear el alma hasta el suelo, recordaré que, antes, en otra vida, y tal vez un día como hoy, fui un agua cambiante según los caprichos de la lluvia o el río o el viento.


miércoles, 1 de julio de 2015

¡Viva la nueva Ley de la Felicidad! :)

Se cuenta que, hace mucho tiempo, existió un país en el que el Gobierno Querido por Todos resultó no ser ni tan querido, ni por todos. Así que para solucionar ese problema que amenazaba con destruir la paz en la que vivía la sociedad, con sus desempleados felices, sus niños pobres felices, sus desahuciados felices y sus presos políticos felices, el Gobierno decidió sacar la Ley de la Felicidad. Esta ley implicaba que todos los habitantes de aquel país tenían que ser felices. Y para ello, era necesario no hacer ni decir cosas que reflejaran infelicidad o que hicieran infelices a los demás.

Dicho y hecho. Un 1 de julio, un día de un gran calor feliz, la Ley de la Felicidad entró en vigor. Todos los habitantes del país mostraron su alegría concentrándose delante de la sede del Gobierno, con unas sonrisas de cartulina de distintos colores. ¡Qué gozo emanaba de aquel lugar! Sin embargo, al Gobierno no le hacía feliz que toda esa gente se concentrara allí delante. Y como la nueva Ley de la Felicidad establecía que era el Gobierno y sus guardianes los que decidían lo que daba la felicidad o no, les pusieron a todos 300.000.000.000.000 euros de multa, a pagar en cómodos plazos de 30.000 felices euros al mes. Y como los pagos a plazos sí que daban la felicidad, y si no que se lo pregunten a cualquiera que viva en una sociedad de consumo, todos se quedaron muy contentos. Tan, tan, tan contentos, que volvieron a convocar otra concentración de felicidad al día siguiente, a ver si, con un poco de suerte, les volvían a regalar alguno de aquellos pagos a plazos.

El presidente, satisfecho, continuó desarrollando su idea. Creó un cuerpo policial específico que se dedicaba a proteger a los ciudadanos de sus propias infelicidades, supervisando cuán felices eran en su vida privada y pública. En el momento en el que estos percibían una lágrima, una cara larga, un enfado, los Policías de la Felicidad entraban en la casa y se llevaban al individuo a un Centro de Rehabilitación de la Infelicidad, para que no contaminara al resto de ciudadanos.

Sin embargo, un día, y a pesar de las muestras de alegría de la población, el pobre presidente de aquel país se levantó con una extraña sensación, como si detrás de aquella felicidad mostrada por sus súbditos hubiera algo que no acabara de funcionar. ¡Y eso que su ley era perfecta! Buscaba la felicidad de todos. ¿Quién podría decir que aquello era malo? ¡Quien quisiera atentar contra la felicidad, sin duda era un terrorista! Así que decidió que todo aquel que atentara contra la felicidad sería un terrorista. Y las cárceles se llenaron de felices terroristas.

Fue así como se ampliaron las cárceles y los parques de Disney World.

Y los habitantes estaban cada vez más y más contentos. Así que, un día más, decidieron ir a demostrarle al presidente cuán felices estaban. Cogieron sus cartulinas de sonrisas de colores y se encaminaron hacia el palacio presidencial. Pero al presidente cada vez le gustaban menos aquellas muestras de alegría. Y, poco a poco, sin darse cuenta ni cómo, se fue convirtiendo en un ser enfurruñado, malhumorado, en definitiva, en un infeliz.


No habían pasado ni un par de horas desde que había visto su cara triste al mirarse en su espejo de plasma, cuando se dio cuenta de que dos de sus más fieles guardianes veían a buscarlo. El presidente no se resistió. Entre rejas ya, junto con todos aquellos terroristas de la felicidad, el presidente pensó que todos ellos querrían devolverle la felicidad que él, durante su mandato, les había dado. Y sonrió.

jueves, 18 de junio de 2015

Y la libertad religiosa se hizo espagueti

Se cuenta que, hace mucho tiempo, existía un país en el que la religión mayoritaria era el Pastafarismo. Allí vivía una mujer, Xana, que había sido educada, como la mayoría de los de su generación, en este culto. Sin embargo, al hacerse adulta se dio cuenta de que aquella creencia no encajaba con su visión del mundo, ni con sus valores ni, sobre todo, con las cosas que le marcaba la razón. ¿Cómo creer, cuando ya tienes una edad, en un monstruo de espaguetis con albóndigas que vela por todos nosotros? Sin embargo, ella era una persona respetuosa con los demás, así que se guardaba muy mucho de hacer este tipo de comentarios delante de su familia, donde había fervorosos creyentes, o de la sociedad en general, limitándose a comunicar a los demás, cuando la preguntaban, que era atea. 

Por el contrario, ella sí debía soportar continuamente las injerencias del Monstruo del Espagueti Volador. Por ejemplo, este culto establecía que era amoral salir a la calle vestida de color rosa. Xana recordó cuán amarga había sido su infancia en este sentido. Y es que su color favorito era el rosa: no podía evitarlo. Una vez se atrevió a ir a un barrio “poco decente” de la ciudad y adquirir una falda color rosa chicle. Se la puso a escondidas y salió a la calle. No tardó mucho en volver a su casa: los vecinos que la vieron la amenazaron con contárselo a sus padres; la gente de la calle la llegó a insultar, llamándola “atrevida” y cosas peores que no reproduzco aquí, por si acaso llego a concejala dentro de cuatro años. Y el día que Xana decidió no vestirse de pirata el Viernes Pastafari, la indumentaria sagrada de los seguidores del Monstruo del Espagueti Volador, sus padres pusieron el grito en el cielo. 
Xana se sentía bastante mal. Ella respetaba las creencias de los demás, pero era tremendamente difícil que respetaran su opción de no creer: la televisión pública, pagada con sus impuestos, emitía todos los viernes la misa al Monstruo del Espagueti Volador, en la que se incluían danzas de personas desnudas y embadurnadas en salsa de albóndigas, lo que a ella le producía bastante rechazo; el Máximo Representante del Espagueti en la Tierra, el Tallarín Supremo, siempre tenía cabida en los telediarios, desde los cuales alertaba de lo demoníaco del color rosa y de los peligros de tener relaciones con otros humanos de forma directa, en vez de a través de paquetes de pasta de espirales de colores. Decía que, a pesar de que el país era aconfesional, era necesario incluir en la ley la prohibición del color rosa. Xana siempre se enfurecía y entristecía a la vez con este tipo de declaraciones, porque a ella le encantaba el color rosa. ¿Tendría algún problema? ¿Alguna enfermedad o tara?
Pero, poco a poco, se dio cuenta de que cada vez eran más los que se alejaban de la doctrina oficial. Había más gente como ella, dispuesta a no dejarse convencer por la moral del Espagueti Volador, que tenía cabida en todos los medios oficiales. A pesar de que los políticos iban todos los viernes a los bailes de albóndigas, y en las últimas elecciones varios de ellos se encomendaron al Monstruo del Espagueti Volador y dijeron en público que esperaban que el Albóndigo Volador, fiel acompañante del dios, inspirara a todos los ciudadanos lo que debían votar. De hecho, otorgaron la medalla del Mérito Ciudadano al propio Albóndigo Volador, aunque, eso sí, nunca se presentó a recogerla. 
Xana se sentía cada vez más molesta con aquellas pequeñas cosas que inundaban su día a día. En el colegio de sus hijos, que era público, colgaba encima de la pizarra una efigie del Monstruo del Espagueti Volador. Todos los viernes, el menú del colegio incluía espaguetis. 
Pero el colmo fue cuando vio, en la universidad de su hijo mayor, y pagada, por supuesto, con el dinero de sus impuestos, una sala de oración al Monstruo del Espagueti Volador. Así que entró allí y, delante de todas aquellas personas que danzaban bañadas en salsa de albóndigas, se puso un vestido rosa y gritó: ¡No al Monstruo del Espagueti Volador! ¡Fuera vuestras albóndigas de la Universidad! ¡Viva el rosa!