No sabes con quién has dormido esta noche, pero eso viene siendo
últimamente lo normal. Todas las noches, cuando ya te has acostado, algo sale
del baño y se arrastra por las baldosas blancas de tu cuarto hasta tu cama.
Eleva las sábanas por un lateral y, sin que lo veas, se mete dentro. Nunca lo ves.
Nunca hace nada, salvo estar ahí. Pero te acompaña todas las noches desde
aquella en la que te quedaste sola. Paradojas de la vida, piensas.
Y cuando, cada mañana, antes de
amanecer, hace el camino contrario, de tu cama al baño, y desaparece dentro, nunca
te preocupas demasiado. Le permites que vaya y venga.
Pero hoy le sigues. Y, sin
embargo, cuando entras en el baño, ya no está. Miras dentro de la taza del
váter, te agachas para asomarte por el sumidero de la ducha, por el del lavabo.
Pero ahí solo hay un montón de pelos de cuando, ayer, intentaste domar tu
cabeza de rizos malditos. De él, ni rastro.
Desistes. Te pasas el día sentada
en la cama. Y justo antes de que anochezca, vuelves al baño. Escuchas algo que
se arrastra por las tuberías. Pegas el oído a las baldosas. Entonces, juntas
todos los pelos del lavabo, de la ducha, esos pelos de tu cabeza maldita, y
taponas todos y cada uno de los agujeros.
GANADOR DEL PREMIO ANUAL DE
ESCUELA DE ESCRITORES –JAM SESSION DE FICCIÓN CORTA “EL TAMAÑO SÍ QUE IMPORTA”
2015-2016