jueves, 18 de junio de 2015

Y la libertad religiosa se hizo espagueti

Se cuenta que, hace mucho tiempo, existía un país en el que la religión mayoritaria era el Pastafarismo. Allí vivía una mujer, Xana, que había sido educada, como la mayoría de los de su generación, en este culto. Sin embargo, al hacerse adulta se dio cuenta de que aquella creencia no encajaba con su visión del mundo, ni con sus valores ni, sobre todo, con las cosas que le marcaba la razón. ¿Cómo creer, cuando ya tienes una edad, en un monstruo de espaguetis con albóndigas que vela por todos nosotros? Sin embargo, ella era una persona respetuosa con los demás, así que se guardaba muy mucho de hacer este tipo de comentarios delante de su familia, donde había fervorosos creyentes, o de la sociedad en general, limitándose a comunicar a los demás, cuando la preguntaban, que era atea. 

Por el contrario, ella sí debía soportar continuamente las injerencias del Monstruo del Espagueti Volador. Por ejemplo, este culto establecía que era amoral salir a la calle vestida de color rosa. Xana recordó cuán amarga había sido su infancia en este sentido. Y es que su color favorito era el rosa: no podía evitarlo. Una vez se atrevió a ir a un barrio “poco decente” de la ciudad y adquirir una falda color rosa chicle. Se la puso a escondidas y salió a la calle. No tardó mucho en volver a su casa: los vecinos que la vieron la amenazaron con contárselo a sus padres; la gente de la calle la llegó a insultar, llamándola “atrevida” y cosas peores que no reproduzco aquí, por si acaso llego a concejala dentro de cuatro años. Y el día que Xana decidió no vestirse de pirata el Viernes Pastafari, la indumentaria sagrada de los seguidores del Monstruo del Espagueti Volador, sus padres pusieron el grito en el cielo. 
Xana se sentía bastante mal. Ella respetaba las creencias de los demás, pero era tremendamente difícil que respetaran su opción de no creer: la televisión pública, pagada con sus impuestos, emitía todos los viernes la misa al Monstruo del Espagueti Volador, en la que se incluían danzas de personas desnudas y embadurnadas en salsa de albóndigas, lo que a ella le producía bastante rechazo; el Máximo Representante del Espagueti en la Tierra, el Tallarín Supremo, siempre tenía cabida en los telediarios, desde los cuales alertaba de lo demoníaco del color rosa y de los peligros de tener relaciones con otros humanos de forma directa, en vez de a través de paquetes de pasta de espirales de colores. Decía que, a pesar de que el país era aconfesional, era necesario incluir en la ley la prohibición del color rosa. Xana siempre se enfurecía y entristecía a la vez con este tipo de declaraciones, porque a ella le encantaba el color rosa. ¿Tendría algún problema? ¿Alguna enfermedad o tara?
Pero, poco a poco, se dio cuenta de que cada vez eran más los que se alejaban de la doctrina oficial. Había más gente como ella, dispuesta a no dejarse convencer por la moral del Espagueti Volador, que tenía cabida en todos los medios oficiales. A pesar de que los políticos iban todos los viernes a los bailes de albóndigas, y en las últimas elecciones varios de ellos se encomendaron al Monstruo del Espagueti Volador y dijeron en público que esperaban que el Albóndigo Volador, fiel acompañante del dios, inspirara a todos los ciudadanos lo que debían votar. De hecho, otorgaron la medalla del Mérito Ciudadano al propio Albóndigo Volador, aunque, eso sí, nunca se presentó a recogerla. 
Xana se sentía cada vez más molesta con aquellas pequeñas cosas que inundaban su día a día. En el colegio de sus hijos, que era público, colgaba encima de la pizarra una efigie del Monstruo del Espagueti Volador. Todos los viernes, el menú del colegio incluía espaguetis. 
Pero el colmo fue cuando vio, en la universidad de su hijo mayor, y pagada, por supuesto, con el dinero de sus impuestos, una sala de oración al Monstruo del Espagueti Volador. Así que entró allí y, delante de todas aquellas personas que danzaban bañadas en salsa de albóndigas, se puso un vestido rosa y gritó: ¡No al Monstruo del Espagueti Volador! ¡Fuera vuestras albóndigas de la Universidad! ¡Viva el rosa!

No hay comentarios:

Publicar un comentario