Se cuenta que, hace mucho tiempo,
existió un país en el que el Gobierno Querido por Todos resultó no ser ni tan
querido, ni por todos. Así que para solucionar ese problema que amenazaba con
destruir la paz en la que vivía la sociedad, con sus desempleados felices, sus
niños pobres felices, sus desahuciados felices y sus presos políticos felices,
el Gobierno decidió sacar la Ley
de la Felicidad. Esta
ley implicaba que todos los habitantes de aquel país tenían que ser felices. Y
para ello, era necesario no hacer ni decir cosas que reflejaran infelicidad o
que hicieran infelices a los demás.
Dicho y hecho. Un 1 de julio, un
día de un gran calor feliz, la Ley
de la Felicidad
entró en vigor. Todos los habitantes del país mostraron su alegría
concentrándose delante de la sede del Gobierno, con unas sonrisas de cartulina
de distintos colores. ¡Qué gozo emanaba de aquel lugar! Sin embargo, al
Gobierno no le hacía feliz que toda esa gente se concentrara allí delante. Y
como la nueva Ley de la
Felicidad establecía que era el Gobierno y sus guardianes los
que decidían lo que daba la felicidad o no, les pusieron a todos 300.000.000.000.000
euros de multa, a pagar en cómodos plazos de 30.000 felices euros al mes. Y
como los pagos a plazos sí que daban la felicidad, y si no que se lo pregunten
a cualquiera que viva en una sociedad de consumo, todos se quedaron muy
contentos. Tan, tan, tan contentos, que volvieron a convocar otra concentración
de felicidad al día siguiente, a ver si, con un poco de suerte, les volvían a regalar
alguno de aquellos pagos a plazos.
El presidente, satisfecho,
continuó desarrollando su idea. Creó un cuerpo policial específico que se
dedicaba a proteger a los ciudadanos de sus propias infelicidades, supervisando
cuán felices eran en su vida privada y pública. En el momento en el que estos
percibían una lágrima, una cara larga, un enfado, los Policías de la Felicidad entraban en la
casa y se llevaban al individuo a un Centro de Rehabilitación de la Infelicidad , para que
no contaminara al resto de ciudadanos.
Sin embargo, un día, y a pesar de
las muestras de alegría de la población, el pobre presidente de aquel país se
levantó con una extraña sensación, como si detrás de aquella felicidad mostrada
por sus súbditos hubiera algo que no acabara de funcionar. ¡Y eso que su ley
era perfecta! Buscaba la felicidad de todos. ¿Quién podría decir que aquello
era malo? ¡Quien quisiera atentar contra la felicidad, sin duda era un
terrorista! Así que decidió que todo aquel que atentara contra la felicidad
sería un terrorista. Y las cárceles se llenaron de felices terroristas.
Fue así como se ampliaron las
cárceles y los parques de Disney World.
Y los habitantes estaban cada vez
más y más contentos. Así que, un día más, decidieron ir a demostrarle al
presidente cuán felices estaban. Cogieron sus cartulinas de sonrisas de colores
y se encaminaron hacia el palacio presidencial. Pero al presidente cada vez le
gustaban menos aquellas muestras de alegría. Y, poco a poco, sin darse cuenta
ni cómo, se fue convirtiendo en un ser enfurruñado, malhumorado, en definitiva,
en un infeliz.
No habían pasado ni un par de
horas desde que había visto su cara triste al mirarse en su espejo de plasma, cuando
se dio cuenta de que dos de sus más fieles guardianes veían a buscarlo. El presidente
no se resistió. Entre rejas ya, junto con todos aquellos terroristas de la
felicidad, el presidente pensó que todos ellos querrían devolverle la felicidad
que él, durante su mandato, les había dado. Y sonrió.
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